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Adrián Solano

El relieve de la coca de Cercs: Destellos de mi infancia

EL RELIEVE DE LA COCA DE CERCS: DESTELLOS DE MI INFANCIA

El relieve de la coca de cercs: destellos de mi infancia

Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?

Adrián Solano

Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.

Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?

Solano, A. (2021). Merendero La Font Gran (Cercs)

Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subir al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.

Septiembre de 2020.  La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.

Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato, pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habían habitado hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en mullidos sillones de piel  al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.

 

Solano, A. (2021) - Sant Jordi de Cercs
Solano, A. (2021). Pan de Ca L'Agustí (Cercs).

Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subir al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.

Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.

 

Solano, A. (2021) - Pantano de Baells
Solano, A. (2021). Coca de escalivada y queso de cabra de Ca L'Agustí (Cercs).

Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos. El recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.

No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.

 

Adrián Solano

Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.

Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?

Solano, A. (2021). Merendero La Font Gran (Cercs)

Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.

Septiembre de 2020.  La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.

Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habitaban hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en los mullidos sillones de piel que descansaban al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.

 

Solano, A. (2021) - Sant Jordi de Cercs

Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.

Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.

 

Solano, A. (2021) - Pantano de Baells

Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos, el recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.

No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.

 

Solano, A. (2021). Pan de Ca L'Agustí (Cercs).
Solano, A. (2021). Coca de escalivada y queso de cabra de Ca L'Agustí (Cercs).

Adrián Solano

Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.

Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?

Solano, A. (2021). Merendero La Font Gran (Cercs)

Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.

Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.

Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.

 

 

Septiembre de 2020.  La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.

Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habitaban hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en los mullidos sillones de piel que descansaban al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.

 

Solano, A. (2021) - Sant Jordi de Cercs
Solano, A. (2021) - Pantano de Baells

Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos, el recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.

No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.

 

Solano, A. (2021). Pan de Ca L'Agustí (Cercs).
Solano, A. (2021). Coca de escalivada y queso de cabra de Ca L'Agustí (Cercs).

Mi no-regreso a Sevilla: gastronomía y recuerdos, vida

adriansolanoarticulogastronomico

Mi no-regreso a Sevilla: gastronomía y recuerdos, vida

«Piso Sevilla y me percato de que mi alma nunca la ha abandonado»

Adrián Solano

Septiembre de 2022, de nuevo en Sevilla. Hace tiempo que mis visitas dejaron de ser meros regresos. Son recuerdos hechos suelo, árboles y carne, materializaciones de los estados de conciencia que subyacen mi día a día. Piso Sevilla y me percato de que mi alma nunca la ha abandonado, aunque mi cuerpo se encuentre afincado en una lejana –en aromas y kilómetros– Barcelona. En efecto, han transcurrido muchos años desde que abandoné mi residencia en la provincia de Sevilla, arrastrado por el devenir económico familiar, por la voluntad de mi padre y por mi privación de libertad. Habíamos estado tan solo 5 años en aquella tierra y es curioso como su aroma y su sabor no se ha borrado de mis sentidos en todo este tiempo. Recuerdo el olor a buñuelos recién hechos en la plaza del ayuntamiento de Dos Hermanas, con el telón de la navidad centelleante y prometedora de sueños de la infancia cubriendo el ambiente. Añoro el brotar del gentío en las calles a las 9 de la noche, el hervir de la cháchara y la charla a las 10, el estruendo del chocar de los brindis. Aún saboreo las tapas, gritadas, cantadas y servidas casi simultáneamente en una cadencia en apariencia caótica, pero resultado de oficio y tradición, de verdad. Este sería el resumen de las noches de sábado de mi pre-adolescencia, cuando todavía no se adivinaba la ansiedad o las incertezas de futuro y lo único que nutría mi espíritu era el ansia de descubrir y de saborear.

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Solano, A. (2022) - Puente de Triana, Sevilla

       La llegada a Sevilla ha supuesto, decía, una materialización de mis ensoñaciones diarias. Ahora los recuerdos, aromas y sabores de mi adolescencia se tornan tangibles, prometiendo el mayor de los placeres: el disfrute tranquilo de la gastronomía, el deleite de mis sentidos que se torna en nuevos recuerdos, formando el bucle que se arremolina en mi cabeza en forma de mis aspiraciones culinarias. Llego cansado por un viaje largo en coche, pero al llegar a Triana y sumergirme en el bullicio tranquilo de sus calles apretadas, la vitalidad me sorprende de nuevo; el hambre se amansa ante la perspectiva de un buen tapeo. Buscamos un bar y mi hermano nos indica un lugar pequeñito y pintoresco en la calle San Jacinto: (nombre). Pedimos unas croquetas, rabo de toro y otro recuerdo hecho físico que es a la vez un descubrimiento, el solomillo al Whisky. Solomillo ibérico de cerdo ibérico cortado de manera a priori anárquica, sin seguir modas ni medidas, guisado en el lícor escocés y acariciado por una fina capa de jamón ibérico. Un plato que huele a tradición y sabe a felicidad. Sevilla vuelve a hacer su magia, te aparta de la monotonía, del estrés diario, del artificio y te envuelve en su sencillez. El solomillo, como si se tratase de la magdalena de Proust, me retrotrae a otros tiempos. Me visualizo inquieto, esperando la comida, tras una mesa alta que me llega por los hombros. Mi padre murmura algo indescifrable a mi lado. Yo, perdido en las parades adornadas de azulejos hasta su mitad, en la barra de madera pulida, en el trajín desenfrenado de los camareros, en la algarabía viva de los comensales y en el choque irrefrenable del cubierto contra el plato. De repente, dos platos con sendos montaditos de solomillo al whisky parecen volar hasta nuestra mesa, y mis manos se abalanzan casi por instinto a su contenido, devorando en un momento la inquietud de unos minutos que se antojaron horas. Vuelvo al presente, veo a mi pareja, me sonríe, y pienso que cada vez que vuelva a Sevilla recordará esta tapa. Por mi parte, su sonrisa se ha sumado a mi recuerdo del solomillo. En definitiva, han pasado los años, se han nutrido mis recuerdos, pero todos ellos siguen ineludiblemente asociados a la comida y a la felicidad, que muchas veces son compañeros inseparables.

Sevilla es como la vida es un viajar constante al pasado para devolverte al presente, más feliz, más satisfecho y, sobre todo, más ahíto

     Después de comer, la intención de un paseo corto por Triana que se troca en unas horas de deambular constante por sus aceras estrechas, sus fachadas acicaladas y su resonar constante de vida en movimiento. No es ni de lejos mi primera vez en el barrio, se siente similar y a la vez totalmente diferente. Solía venir esporádicamente en cada uno de mis viajes anuales a Sevilla, sobre todo a pasear, pero esta vez pasaremos una semana en la zona y se sentirá casi como vivir aquí, solo que de la manera relajada y despreocupada que tan solo te da el papel de turista. Paseamos por la calle Betis, junto al Guadalquivir, y me entretengo en mirar cada uno de los naranjos que adornan el principio de la calle: cada uno de ellos tiene una peculiaridad, como mis recuerdos, los transforman los años y los ojos que los miran. Por la tarde, un pastelito –o debería decir unos cuantos– en Manu Jara: la sonrisa de la dependienta, el dorado, el azul, el marrón, las hileras de dulces de la vitrina, el paraíso en vida. Por la noche, un montadito de gambas con alioli, una ensaladilla y un tinto de verano, recuerdos y la alegría de la vida. Más tarde, una copita en el tablao, el rasgar de la guitarra de fondo, el sentimiento desbordando de los ojos, la piel de gallina, el tacto de una mano amada en mi mejilla. Después, días de comida, paseos, reflejos en el río, dedos entrelazados y desvergonzados, reencuentros y promesas precipitadas. Sevilla es como la vida es un viajar constante al pasado para devolverte al presente, más feliz, más satisfecho y, sobre todo, más ahíto.

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Solano, A. (2022) - Plaza de España, Sevilla
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Receta de Tiramisú

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Receta de Tiramisú

Hoy te traigo la receta de mi tarta favorita de la infancia, el tiramisú. Es una receta sencilla pero con un resultado espectacular, para dejar con la boca abierta a todo aquel que la vea. Considero que es una receta de presentación muy versátil, pues podemos elaborar desde unos vasitos hasta un pastel de tamaño completo, ideal para celebraciones, o servirlo en bandeja.  Siempre me ha encantado el contraste del sabor delicado del mascarpone con el punto ligeramente amargo de un buen café.

Fuente de la receta: Escuela Hofmann. Yo la aprendí en un curso de Ester Roelas.

Cantidad

Tiempo de elaboración

Composición de la tarta

Ingredientes

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Elaboración

Bizcochos de soletilla

Aclaración sobre la preparación: Hay que montar muy bien las claras con el azúcar antes de añadir las yemas y la harina para que la textura sea bien esponjosa y la mezcla no se desinfle.

    1. Precalentamos el horno a 200ºC
    2. Comenzamos montado las claras con el azúcar blanco, que añadiremos en 3 veces: la primera, cuando empiecen a hacer espuma, la segunda, cuando estén semi montadas (picos blandos – al levantarlas con unas varillas, el merengue está muy elástico y forma picos que se doblan), la tercera, cuando casi estén montadas (veréis que brilla y las varillas se quedan marcadas). Paramos de batir cuando formen picos firmes (no pierden la forma y el merengue se nota mucho más duro y brillante).
    3. Mientras se montan las claras, tamizamos la harina sobre un papel de horno.
    4. Cuando tengamos un buen merengue, le añadimos entonces las yemas y batimos enérgicamente unos segundos, lo justo para que se integren. Añadimos a continuación la harina, en dos veces, y mezclando con una espátula y movimientos envolventes.
    5. Escudillamos la mezcla de bizcocho con una manga pastelera y una boquilla redonda, de unos 10mm sobre una bandeja forrada con papel de horno, es decir, disponemos la mezcla formando pequeñas líneas de unos 10 cm cada una. Si no disponemos de manga y boquilla, podemos formar los bizcochos con una cuchara. Espolvoreamos dos veces con azúcar glasé con ayuda de un colador.

(También podemos extender la mezcla sobre la bandeja y cortarla con el molde a posteriori, para obtener placas en lugar de bizcochos individuales). 

    1. Horneamos hasta que estén dorados y esponjosos, unos 8 minutos.

 

Crema de mascarpone:  

En esta receta, en concreto, conseguiremos una textura extraordinaria sin utilizar claras de huevo montadas, sino solo las yemas cocinadas con un almíbar, lo que se denomina en pastelería como pasta bomba, a la que le añadiremos posteriormente gelatina y queso mascarpone ablandado con una cuchara.

    1. Ponemos a hidratar la gelatina en agua helada.
    2. Mientras, por un lado, comenzamos a batir las yemas a velocidad media y, por otro, llevamos el agua con el azúcar a 118ºC en un cazo al fuego.
    3. Cuando el almíbar alcance esa temperatura, retiramos del fuego y le añadimos la gelatina escurrida. Batimos rápidamente con unas varillas para que se derrita bien.
    4. Inmediatamente, vertemos este almíbar sobre las yemas, que ya deben haber blanqueado y aumentado de volumen. Lo vertemos por el borde del bol, pues, si cayese directamente sobre las varillas, saltaría y se quedaría adherido al metal, imposibilitando su integración con las claras.
    5. Batimos a velocidad medio-alta hasta que aumenten de volumen y enfríen. Veremos que esta crema cae sobre sí misma formando una cinta cuyas marcas desaparecerán lentamente.
    6. Mientras montan las yemas con el almíbar, habremos ablandado el mascarpone (frío) con el dorso de una cuchara para que luego se integre mejor.
    7. Una vez las yemas están frías, le añadimos el mascarpone: primero agregamos un poco de esta crema al mascarpone para homogeneizar texturas y temperaturas; después, añadimos el resto de mascarpone sobre la crema, en varias veces y con movimientos envolventes. Si nos queda algún grumo, batimos unos instantes a máxima velocidad.
    8. Reservamos esta crema en nevera y mientras, preparamos el almíbar.

 

El almíbar de café y Amaretto:

    1. Llevar a hervor el agua con el azúcar. Una vez roto el hervor, mantener en el fuego por 5 minutos.
    2. Apartar y agregar el café y el Amaretto. Esperar a que temple.

Montaje de la tarta

    1. Preparamos nuestro aro forrándolo con acetato y lo disponemos sobre una base para tartas dentro de una bandeja con papel de horno o tapete de silicona.
    2. Llenamos un bol o un túper con el almíbar.
    3. Cortamos los bizcochos de soletilla por la mitad. Los mojamos en el almíbar.
    4. Si queremos conseguir un resultado final idéntico al que se ve en las fotografías, el primer truco consiste en colocar las mitades de bizcocho, una vez almibaradas, bien pegadas al acetato por el lado del corte y presionar unos segundos contra las paredes del molde para que se adhiera bien. Colocamos los bizcochos en abanico y el resto en el centro, sin que quede ningún hueco.
    5. Para que los pisos queden del mismo grosor, me he ayudado de una cuchara para helados. En total, en el primer piso, puse 8 bolas de crema: primero 4 bolas, aliso, cubrir con trozos de chocolate atemperado (o pepitas), y otras 4 bolas de crema.
    6. Volver a colocar otro piso de bizcochos, siguiendo el mismo procedimiento que la primera vez.
    7. En el segundo piso de crema, colocar 5 bolas de crema y alisar. El resto de la crema la guardamos en una manga con boquilla redonda.
    8. Ahora llevamos la tarta al congelador y la manga pastelera con la crema sobrante a la nevera. Esto lo hacemos para que la crema gelifique un poco por efecto de la gelatina que lleva y poder hacer formas con la manga sin que se nos derrita.
    9. Pasada una media hora, sacamos la tarta del congelador y la decoramos con bolitas de crema dibujadas con la manga de afuera hacia adentro. Volvemos a llevar al congelador, mínimo durante una hora y hasta dos o tres semanas. Yo la tuve unas 12 horas.
    10. Sacamos la tarta del congelador y la pulverizamos, congelada, con cacao en polvo. Entonces, retiramos el aro y el acetato, si es necesario dando calor al metal con un trapo caliente o un soplete, sin pasarnos. La dejamos descongelar en nevera y ya estará lista para decorar como más os guste y degustarla.
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Acabado

A mí me gusta especialmente decorarla con puntos de crema, pero podéis omitirlos si queréis. Yo la decoré además con tres chocolatinas de chocolate negro atemperado, apoyadas en tres mini bizcochos de soletilla.

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Variaciones

    • Esta tarta es una de las pocas sobre las que no me gusta sugerir variaciones en cuanto a su composición porque me parece que, de llevar otros sabores, ya no sería un tiramisú, así que si no os gusta el café, os recomiendo que acudáis a otras recetas del blog.
    • Sí que os puedo sugerir variaciones en cuanto a la forma, como preparar unos vasitos con esta receta, una presentación que me encanta y que además es más sencilla que la que aquí os sugiero. También podéis hacer unos individuales con cualquiera de los fantásticos moldes de silicona que venden.
    • También podríais sustituir el cacao en polvo por un glaseado de cacao solo en la parte superior de la tarta, pero para ello recordad que la tarta tiene que haber estado en el congelador durante un mínimo de 8 horas.

Conservación

La tarta aguanta unos 3 días en la nevera y dos o tres semanas en congelador (en este caso, sin el cacao).

Receta de Flan de queso fácil

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Receta de Flan de queso fácil

Hoy os traigo una receta sencillísima de hacer. No hace falta tener ninguna noción básica para conseguir un buen resultado.

El flan de queso es uno de mis postres favoritos y es que es indescriptible el placer que siento cuando saboreo los postres más sencillos y tradicionales de nuestra gastronomía, que me retrotraen a lugares y momentos a los que de otra manera me sería imposible volver. Esta es la principal razón por la que adoro la cocina y la pastelería.

Para hacer este flan he utilizado queso Mató, un queso fresco muy típico en Cataluña, donde resido, y en las Islas Baleares. Se sirve normalmente con miel y unas nueces. ¿Habéis oído hablar del «mel i mató»?. No obstante, vosotros podéis escoger el queso fresco que más os guste u os sea más sencillo de encontrar, como el requesón.

Y, cómo no, este es un señor flan. La textura en boca es cremosa y suave, el sabor lácteo está muy presente pero no resulta nada cargante, más bien al contrario, es sutil y fresco, y combina perfectamente con los frutos rojos y la menta.

A continuación, os dejo con el desglose de los utensilios, ingredientes, preparación y trucos necesarios y la preparación, tanto la tradicional, como con thermomix:

Fuente de la receta: Las recetas de Manu

Cantidad

Tiempo de elaboración

Utensilios

Ingredientes

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Elaboración

Tradicional

  1. Precalentamos el horno a 180ºC, con calor arriba y abajo sin ventilador.
  2. Bañar el fondo del molde con el caramelo líquido.
  3. En un bol, triturar el azúcar, la nata líquida, la cuajada y el mató, hasta que la mezcla adquiera una textura espesa pero fluida y ligeramente untuosa (como la de una crema). Añadir entonces la leche y continuar batiendo.
  4. Vertemos la masa en el molde, hasta un poco menos del borde, pasándola primero por un colador.
  5. Colocar los moldes en la bandeja y verter agua sobre esta, con cuidado de que no salpique dentro de los moldes.
  6. Horneamos unos 35 a 40 minutos si utilizamos moldes individuales. Si no, aumentamos el tiempo de 10 a 15 minutos. Tenemos que conseguir que por los bordes estén bien cocidos pero ligeramente temblorosos en el centro, pues acabarán de cuajarse mientras se enfrían y posteriormente en nevera.
  7. Sacar los moldes del horno y dejar enfriar a temperatura ambiente. Luego, dejar en nevera un mínimo de 24 horas para que cojan cuerpo y el sabor se desarrolle.

Thermomix

  1. Precalentamos el horno a 180ºC, con calor arriba y abajo sin ventilador y la rejilla dispuesta a media altura.
  2. Bañar el fondo del molde con el caramelo líquido.
  3. En el bol, mezclar la nata, la cuajada, el mató y el azúcar 20 seg./vel.4
  4. Añadir la leche y mezclar 6 seg./vel.6
  5. Pasamos la crema por un colador y la vertemos en el molde, hasta un poco menos del borde.
  6. Colocar los moldes en la bandeja y verter agua sobre esta, con cuidado de que no salpique dentro de los moldes.
  7. Horneamos unos 35 a 40 minutos si utilizamos moldes individuales. Si no, aumentamos el tiempo de 10 a 15 minutos. Tenemos que conseguir que por los bordes estén bien cocidos pero ligeramente temblorosos en el centro, pues acabarán de cuajarse mientras se enfrían y posteriormente en nevera.
  8. Sacar los moldes del horno y dejar enfriar a temperatura ambiente. Luego, dejar en nevera un mínimo de 24 horas para que tomen cuerpo y el sabor se desarrolle.

Acabado

  • Yo he acompañado los flanes con un coulis de frutos rojos, frutos frescos y unas hojas de menta.
  • También podéis servirlos sin acompañamiento o simplemente con unas hojas de menta, sin el coulis, con unas tejas de chocolate…

Detalles a tener en cuenta

  • Es importante respetar la temperatura de horneado y el punto que tienen que tener los flanes al sacarlos del horno: bien cuajados en los bordes del molde pero ligeramente temblorosos en el centro. Así conseguiremos, una textura cremosa y suave.

Variaciones

  • Podéis aromatizar el flan con menta, vainilla… simplemente preparando una infusión en frío de estos ingredientes con la leche, dejando la mezcla toda la noche en la nevera. 
  • Yo, personalmente, lo dejo tal cual porque me encanta su sabor lácteo puro.
  • Como os he dicho arriba, podéis utilizar el queso fresco que más os guste u os sea más fácil de encontrar, como el requesón, por ejemplo. 

Conservación

  • Aguanta unos 4 días en la nevera, dentro de las flaneras bien tapadas.

Bundt cake de mandarina, almendra y otros cítricos

adrián solano

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Bundt cake de mandarina, almendra y otros cítricos

Recuerdo a un niño de mejillas sonrosadas y mofletes generosos que caminaba distraído entre naranjos. Observando su rostro, hay quien diría que estudiaba concienzudamente la porosa piel de aquel fruto antiguo, naranja y brillante como el sol al acostarse. No era esta la causa detrás de su ceño fruncido, ni si quiera lo era el color blanco que caía tan recto sobre el tronco de aquellos árboles del Sur. Él se limitaba a pasear, ensimismado en su mundo, lejos siempre de otros niños, pues le bastaba con aquellos troncos que contaba entre sus más adorados amigos. Pese a su corta edad, pasaba los días embriagado, no de ninguna sustancia de diseño, tan solo de la vida que crece con inesperada fuerza en los lugares más distintos. Le abrumaba el aroma de aquellos naranjos, de su flor de azahar, blanca como su piel cautiva. Le inspiraba el verde de aquellas hojas reunidas en un mar de montañas infinitas. En su mundo soñado, no había más meta que la línea de aquella hilera de naranjos que adornaba casas ciegas de lujo y, por desgracia, sapiencia. Más allá de aquellos márgenes, se sentía perdido, a la deriva en un mundo lleno de envidias heredadas, de sueños rotos, vacío de alegrías. De vez en cuando se topaba en alguna orilla con el sonido metálico de los trompos de madera que rodaban por aquel suelo de piedra pulida. Niños sin rostro, más allá de sonrisas diabólicas, dirigían como títeres enloquecidos aquellos juguetes inocentes, viendo así la vida pasar, sin vivirla. En aquellos momentos mi niño se compadecía de sí mismo, añorando el juego, sintiendo la pérdida de los amigos que quedaron en otra tierra hacía casi una eternidad.

Es curioso cómo se siente el pasar del tiempo a lo largo de los años, de tan distinta forma… Es quizás tan curioso como el modo en que un aroma viaja no solo por el espacio sino por los recuerdos. Yo soy ese niño que medía el tiempo en eternidades y hoy lo mide en suspiros, soy ese ser ávido de vida, de sensaciones, de caricias en el alma. Soy ese hombre perseguido por la envidia y la apariencia, soy tan solo una exhalación del tiempo que me lleva en un barco a la deriva, un barco que solo se ubica con el aroma de los recuerdos de una infancia que un dulce y cálido viento diluye en un mar sensible y consciente, el mar dulce de mi pastelería.

Fuente de esta receta: libro «Bizcochos» de Susana Pérez (Webos fritos)

Ingredientes

Bundt cake de mandarina, almendra y otros cítricos

Aclaraciones sobre la preparación / tiempo de batido:

– Yemas con el azúcar, 5 minutos.
– Tras añadir la mandarina, otros 5 minutos. 
– La ralladura la podéis añadir tanto con el queso como con la harina. 
– Si usáis un molde de marca Nordic Ware, antes de desmoldar y tras los 10 min. de rigor, agitar ligeramente arriba y abajo, adelante y atrás, y de izquierda a derecha para que se acabe de despegar perfectamente del molde.

Elaboración

  1. Precalentamos el horno a 170° con calor arriba y abajo. 
  2. Engrasamos el molde, preferiblemente con mantequilla derretida y harina.
  3. Separamos yemas de claras.
  4. Batimos muy bien, hasta que veamos que doblan el volumen y montan y al levantar la espátula obtengamos el punto cinta (una tira de crema que se dobla y apelotona sobre sí misma al caer). 
  5. Añadimos la mandarina, cortada en trozos muy pequeños. Batimos bien unos 5 minutos para que las yemas absorban bien el sabor del cítrico. 
  6. A parte, mezclamos el queso con la leche cortada con zumo de lima-limón y la ralladura de nuestros cítricos. 
  7. También aparte, batimos las claras a punto de nieve.
  8. Una vez nuestra primera mezcla bien batida, añadimos el aceite en hilo y a continuación los lácteos. 
  9. Incorporamos la harina de trigo + almendra con la levadura química. 
  10. Ahora solo nos falta añadir nuestras claras montadas con movimientos envolventes (esto es, con una espátula de silicona, batiendo de abajo hacia arriba en un movimiento circular, envolviendo la masa). 
  11. Vertemos la masa en nuestro molde. Si usáis un molde Bundt, yo siempre vierto la masa desde un único punto, luego le doy unos golpes al molde en la encimera, protegiendo esta con un paño y meto al horno. 

El horneado

15 minutos con fuego inferior. Otros 15 con fuego arriba y abajo. Para los últimos 15 minutos, tapé el bizcocho con papel de aluminio porque mi horno tiene tendencia a calentar más por arriba y horneé también a 170° con calor arriba y abajo.