El relieve de la coca de cercs: destellos de mi infancia
Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?
Adrián Solano
Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.
Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?
Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subir al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.
Septiembre de 2020. La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.
Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato, pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habían habitado hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en mullidos sillones de piel al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.
Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subir al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.
Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.
Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos. El recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.
No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.
Adrián Solano
Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.
Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?
Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.
Septiembre de 2020. La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.
Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habitaban hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en los mullidos sillones de piel que descansaban al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.
Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.
Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.
Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos, el recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.
No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.
Adrián Solano
Página en blanco y se abre un portal. El portal al pasado, al recuerdo del campo, del monte, del árbol, del verde que a toda velocidad rodea el coche. Mirada soñadora, destellos de conciencia. Un niño de mármol.
Invierno del 98. Uno de esos días que me ilusionaban. Habíamos quedado con mis tíos y mis primas en un merendero de la provincia de Berga, La Font Gran. Carne a la brasa en un recodo del merendero, humo denso que se adhiere al cabello, chispas, llama abundante que deja paso a las brasas, el carbón blanco y la sonrisa inquieta de Noelia, mi prima, que me anima a jugar. Una mesa redonda, el encuentro de la infancia, el cariño y el placer. Carne a la brasa servida en bandejas rebosantes, alioli recién hecho, pan tostado, tomate, ajo… Un universo perdido en la ladera de una montaña que no para de crecer. Y no para, y no para… todo parece enorme. El sol se esconde, paseamos junto al río, vemos las truchas saltar. El rechinar de un columpio. Esa era nuestra costumbre, nuestros encuentros familiares en aquel ayer que parecía tan blanco, tan tierno, tan esperanzador. La esperanza de la vida y también de la comida, o la misma cosa. ¿Acaso no son lo mismo?
Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí.
Cuento con pocos recuerdos en esta mente maltratada por el trauma que a todos nos acompaña de una manera u otra, pero la gastronomía siempre me devuelve aquella parte de mí que soñaba despierta sin cesar y no concebía maldad o sufrimiento. Un simple juego, decía, junto al riachuelo, los tobillos mojados, el alma empapada de gozo. Así jugábamos aquellos fines de semana en que nos perdíamos por la sierra del Berguedà mientras los mayores nos colmaban con su cariño entre cháchara y brasa, entre risas y cocina. Atesoro el brillo de las pequeñas cascadas que rompían en el estrecho río, mis pies acelerados sobre el puentecillo, el torcer a la izquierda y subirnos al columpio, todo esto atesoro en una parte de mí. Y de fondo, constante, la comida, siempre allí. Sí, de estos parcos recuerdos que todavía hoy rememoro, la cocina siempre es el ruido de fondo. Imagino que es por esto por lo que no concibo el día a día sin el placer de la comida, ese que deshace el malestar previo, la inquietud cosquilleante en la boca del estómago, la lágrima que cae por dentro sin dejar huella aparente.
Pasaron los años y el cándido bosque dejó paso a la asfixiante ciudad, al estrés encadenado con la ansiedad, al hogar como último remanso de aroma, paz, gusto y gozo. Atrás quedaron los tiempos de brasa junto al río, de verlo todo inmenso y querer perderme en los paisajes sin más certeza que la de un plato esperándome en una mesa curtida al tiempo, al contrario que yo. Es curioso cómo el tiempo te devora y la edad te aísla tanto que tienes que tirar de recuerdos para sentirte en compañía. Hace un tiempo, cuando el miedo y el dolor atenazaron mi espalda durante más de 5 años, cuando veía cerrarse el paso a mi adolescencia y, desde luego, a lo poco que quedaba de mi infancia, me esforzaba por encontrar ese niño soñador que se escondía tras las esquinas arboladas del merendero y aguardaba el encuentro con la buscadora oficial, mi prima, en aquellos juegos nuestros de escondite y pilla-pilla. Allí encontraba la paz y el dolor parecía lejano, mucho más débil ante la fuerza del aroma a carne a la brasa y el son de la risa infantil.
Septiembre de 2020. La pandemia ha reabierto viejas heridas. Quizás hasta me he olvidado de quién soy. Intento buscarme en cada pastel que elaboro, en cada rato que paso observando a mi madre cocinar e intentando aprender de su buen hacer. Los días parecen todos iguales, el tiempo se detiene y al mismo tiempo se acelera sin fin. Apenas recuerdo a aquel niño que se ilusionaba con la vida en Berga, y al mismo tiempo deseo volver allí, no sé si para buscarme o para hallar algo de la ilusión que me daba vida. El recuerdo, no obstante, se difumina, arrollado por el de la enfermedad, traída de nuevo al presente por este confinamiento gris que dobla, triplica los días y me devuelve a la habitación oscura, la persiana torcida, la tensión y el dolor, el omnipresente dolor.
Un año después. Casi todo ha cambiado. El dolor y la desesperanza se han calmado porque ha aparecido él, mi otro yo, mi compañero. Ha llegado él y con ello el recuerdo de Berga se ha intensificado. Sucede que parte de su familia creció al amparo de aquellos árboles y aquellas protectoras montañas y él pasó muchos momentos de su infancia en aquel lugar. El aroma que lo acompañaba era, empero, distinto: los caracoles de las fiestas de Sant Jordi de Cercs adaptados por su abuela a los gustos de casa, con un ligero toque picante, ése que Adrià sólo disfruta en este plato pero que evita en el resto. De aquellos días, queda en Sant Jordi el piso que su familia obtuvo tras ver su hogar en Sant Salvador de la Vadella inundado para la construcción del pantano de Baells, un proyecto que pretendía controlar la cuenca del río Llobregat y suministrar de agua al área metropolitana de Barcelona. En efecto, entre los años 1970 y 1974, ante el inminente proyecto, los vecinos –entre ellos los que habitaban los “Pisos Nous” destinados a los mineros trabajadores de Carbones de Berga S.A. y sus familias– fueron desalojados de sus casas con la promesa de una nueva vivienda equivalente a la que habitaban hasta entonces unos metros más arriba, en el flamante pueblecillo de Sant Jordi de Cercs. El piso que la familia Manzano Villalba recibió se encontraba en un tercer piso sin ascensor y contaba con un pequeño hogar en la cocina, donde la familia se reunía antes de descansar en los mullidos sillones de piel que descansaban al contraluz de las montañas recortadas tras el ventanal del salón, colmando sus vidas de calidez y naturaleza en los fríos inviernos del Berguedà. Pasaron los años y el piso vio el enlace de la cocinera Carmen y del minero Joaquín, oriundo de Berja (Almería), que se trasladarían a Mollet del Vallès en busca de otra vida, huyendo quizás del recuerdo de la asfixiante mina. Más tarde, aquel pisito vería pasar también a los nietos de Loreto y a sus únicos bisnietos, Adrià y Daniel. Muchas personas, muchos recuerdos entrelazados, muchas comidas al calor del hogar de aquella cocina. Una reforma y, con ella, la chimenea se tapó, atrapada para siempre tras la pared y el tiempo, pero no así el hogar, que permaneció presente en la atmósfera de la montaña, en las fotos que todavía adornan la pared del salón y en los cuadros de punto de cruz que adornan la entrada. Todo esto se conserva al vacío, en la burbuja que se crea cuando tras escasos días, el piso vuelve a tener todas sus puertas cerradas, a excepción de una, que promete un reencuentro.
Noviembre de 2021. Adrià me sorprende con una noticia. Pasaremos el próximo fin de semana en Berga, en el piso familiar. Mi niño interior se revuelve, la ilusión regresa. Paralelamente, irrumpe el miedo de encontrarme aquel lugar muy distinto, tan lejos ya de mi mirada infantil. Tomamos una curva y ya se comienzan a divisar las primeras montañas que rodean el pantano artificial que cubre los restos de Sant Salvador de la Vedella. Me sorprendo al descubrir cómo aquella inmensidad que mis pequeños ojos percibían no ha cambiado demasiado. El pantano devuelve el reflejo de la naturaleza, duplicándola y dejando casi intacto mi recuerdo sobredimensionado. Me reencuentro con los árboles, con la sinuosa carretera que conduce a Cercs y, poco a poco, conmigo mismo, con aquel niño henchido de ilusión y de buenos propósitos, de grandes esperanzas. Aparcamos en el merendero La Font Gran al amparo de un frío que deja su huella en la resbaladiza tierra. Por lo demás, todo sigue como en mi recuerdo. Me veo junto al riachuelo, la cascada y el columpio. Me invade una tierna nostalgia que amenaza con desbordarse a través de mis ojos, el recuerdo conduce mis pasos abstraídos hasta el puentecillo y diviso al fondo la misma mesa donde el aroma se transformaba en gusto y el hambre daba paso al placer. Veo mis pies apenas rozando el suelo, colgando de la banqueta de madera. El verde me rodea de nuevo, algo cambia dentro de mi nuevo mí, y rompo a llorar. Miro a Adrià y veo en sus ojos la misma ilusión desatada.
No nos falta ni el hambre ni el pan. Justo al lado del merendero, sigue también el pequeño horno tradicional de Ca L’Agustí ante cuya puerta se siguen formando colas llevadas por el aroma de su pan recién hecho y de su famosa coca de Cercs. Mi niño vuelve, como regresa siempre ante la perspectiva del deleite gastronómico. Entro en la fleca y, también como siempre, me dejo llevar por mis sentidos embotados por los numerosos estímulos que se despliegan ante mí: la tradición materializada en panes de diversas formas, el brioche brillante por la mantequilla y el pintado de huevo batido, el relieve de la coca inflada de forma desigual, el destello del azúcar. El relieve, como el de la montaña que me da abrigo en aquel frío reconstituyente, distinto al inmovilizante del dolor ahora mismo olvidado. El destello, similar al del sol tras la montaña, o al de la risa de Noelia en mi infancia y aún hoy, cuando la miro y me reencuentro no solo con la niña que fue sino conmigo mismo. Todas estas emociones me traen el pan, el olor de la harina tostada y de la masa levada. Otra vez, como siempre, no puedo evitar llevarme una muestra de pan, de brioche y de coca porque eso de conformarse con un producto no casa con mis ansias de probar, de sentir que la comida sigue ahí pese a todo lo demás. La comida que es, una vez más, fuente de vida y de ilusión. Y aquel niño que creía desganado, dolorido y casi muerto, vuelve a sanar, vuelve a comer, vuelve a vivir.
