Mi no-regreso a Sevilla: gastronomía y recuerdos, vida
«Piso Sevilla y me percato de que mi alma nunca la ha abandonado»
Adrián Solano
Septiembre de 2022, de nuevo en Sevilla. Hace tiempo que mis visitas dejaron de ser meros regresos. Son recuerdos hechos suelo, árboles y carne, materializaciones de los estados de conciencia que subyacen mi día a día. Piso Sevilla y me percato de que mi alma nunca la ha abandonado, aunque mi cuerpo se encuentre afincado en una lejana –en aromas y kilómetros– Barcelona. En efecto, han transcurrido muchos años desde que abandoné mi residencia en la provincia de Sevilla, arrastrado por el devenir económico familiar, por la voluntad de mi padre y por mi privación de libertad. Habíamos estado tan solo 5 años en aquella tierra y es curioso como su aroma y su sabor no se ha borrado de mis sentidos en todo este tiempo. Recuerdo el olor a buñuelos recién hechos en la plaza del ayuntamiento de Dos Hermanas, con el telón de la navidad centelleante y prometedora de sueños de la infancia cubriendo el ambiente. Añoro el brotar del gentío en las calles a las 9 de la noche, el hervir de la cháchara y la charla a las 10, el estruendo del chocar de los brindis. Aún saboreo las tapas, gritadas, cantadas y servidas casi simultáneamente en una cadencia en apariencia caótica, pero resultado de oficio y tradición, de verdad. Este sería el resumen de las noches de sábado de mi pre-adolescencia, cuando todavía no se adivinaba la ansiedad o las incertezas de futuro y lo único que nutría mi espíritu era el ansia de descubrir y de saborear.
La llegada a Sevilla ha supuesto, decía, una materialización de mis ensoñaciones diarias. Ahora los recuerdos, aromas y sabores de mi adolescencia se tornan tangibles, prometiendo el mayor de los placeres: el disfrute tranquilo de la gastronomía, el deleite de mis sentidos que se torna en nuevos recuerdos, formando el bucle que se arremolina en mi cabeza en forma de mis aspiraciones culinarias. Llego cansado por un viaje largo en coche, pero al llegar a Triana y sumergirme en el bullicio tranquilo de sus calles apretadas, la vitalidad me sorprende de nuevo; el hambre se amansa ante la perspectiva de un buen tapeo. Buscamos un bar y mi hermano nos indica un lugar pequeñito y pintoresco en la calle San Jacinto: (nombre). Pedimos unas croquetas, rabo de toro y otro recuerdo hecho físico que es a la vez un descubrimiento, el solomillo al Whisky. Solomillo ibérico de cerdo ibérico cortado de manera a priori anárquica, sin seguir modas ni medidas, guisado en el lícor escocés y acariciado por una fina capa de jamón ibérico. Un plato que huele a tradición y sabe a felicidad. Sevilla vuelve a hacer su magia, te aparta de la monotonía, del estrés diario, del artificio y te envuelve en su sencillez. El solomillo, como si se tratase de la magdalena de Proust, me retrotrae a otros tiempos. Me visualizo inquieto, esperando la comida, tras una mesa alta que me llega por los hombros. Mi padre murmura algo indescifrable a mi lado. Yo, perdido en las parades adornadas de azulejos hasta su mitad, en la barra de madera pulida, en el trajín desenfrenado de los camareros, en la algarabía viva de los comensales y en el choque irrefrenable del cubierto contra el plato. De repente, dos platos con sendos montaditos de solomillo al whisky parecen volar hasta nuestra mesa, y mis manos se abalanzan casi por instinto a su contenido, devorando en un momento la inquietud de unos minutos que se antojaron horas. Vuelvo al presente, veo a mi pareja, me sonríe, y pienso que cada vez que vuelva a Sevilla recordará esta tapa. Por mi parte, su sonrisa se ha sumado a mi recuerdo del solomillo. En definitiva, han pasado los años, se han nutrido mis recuerdos, pero todos ellos siguen ineludiblemente asociados a la comida y a la felicidad, que muchas veces son compañeros inseparables.
Sevilla es como la vida es un viajar constante al pasado para devolverte al presente, más feliz, más satisfecho y, sobre todo, más ahíto
Después de comer, la intención de un paseo corto por Triana que se troca en unas horas de deambular constante por sus aceras estrechas, sus fachadas acicaladas y su resonar constante de vida en movimiento. No es ni de lejos mi primera vez en el barrio, se siente similar y a la vez totalmente diferente. Solía venir esporádicamente en cada uno de mis viajes anuales a Sevilla, sobre todo a pasear, pero esta vez pasaremos una semana en la zona y se sentirá casi como vivir aquí, solo que de la manera relajada y despreocupada que tan solo te da el papel de turista. Paseamos por la calle Betis, junto al Guadalquivir, y me entretengo en mirar cada uno de los naranjos que adornan el principio de la calle: cada uno de ellos tiene una peculiaridad, como mis recuerdos, los transforman los años y los ojos que los miran. Por la tarde, un pastelito –o debería decir unos cuantos– en Manu Jara: la sonrisa de la dependienta, el dorado, el azul, el marrón, las hileras de dulces de la vitrina, el paraíso en vida. Por la noche, un montadito de gambas con alioli, una ensaladilla y un tinto de verano, recuerdos y la alegría de la vida. Más tarde, una copita en el tablao, el rasgar de la guitarra de fondo, el sentimiento desbordando de los ojos, la piel de gallina, el tacto de una mano amada en mi mejilla. Después, días de comida, paseos, reflejos en el río, dedos entrelazados y desvergonzados, reencuentros y promesas precipitadas. Sevilla es como la vida es un viajar constante al pasado para devolverte al presente, más feliz, más satisfecho y, sobre todo, más ahíto.

Cada día que pasa me siento más orgullosa de ti qué bonito escribes me has echo llorar, tu madre que no te puede querer más ❤️❤️😘